TESTO IN LINGUA ORIGINALE
CERCANO-LEJANO 
.Ildefonso Falcones
Aparece, cuando menos como discutible, que en el desarrollo del tema del festival de este año se afirme que la literatura y el arte no pueden salvar la vida, limitándose a procurar visiones de lo lejano o de lo cercano, a enfrentar contrastes. ¿En verdad no nos la salvan? ¿Qué es la vida sin imaginación o creatividad?
Nada más lejos de mis intenciones, como autor, que alzarme como salvador de nadie. Un autor no es más que alguien que tiene la facilidad... y la fortuna, de poder exteriorizar, de poder trasladar a los demás el resultado de su creatividad. Probablemente me tachen de sacrílego, pero desmitifiquemos lo que no es más que una simple aptitud mecánica, porque lo verdaderamente importante es la facultad del "Crossover" y, ¿alguien duda que esa virtud se encuentra en la esencia de todo ser humano?
Observemos a ese niño, del lugar y de la condición que fuere, que de un simple palo hace la más maravillosa de las espadas y arremete, volteándolo sobre su cabeza, contra algún objeto colorado reconvertido en un monstruoso dragón que exhala llamaradas. ¿Alguien se lo ha enseñado? ¿Acaso un vulgar huevo frito no es capaz de mudar en un fantástico platillo volador? Y vuela, puedo asegurarlo. Imaginémoslo, crucemos esa línea y veámoslo: gira sobre sí mismo salpicando aceite - quizá una inoportuna pérdida de combustible -, sobre las cabezas de los terrícolas sentados a la mesa - alguien habrá pensado que probablemente en consejo de guerra - y que tratan de seguir su trayectoria con los ojos desmesuradamente abiertos. No aterrizan bien; este tipo de aparatos nunca han logrado superar un defectuoso diseño en su toma de tierra.
La yema desparramada en algún lugar del comedor irremediablemente nos hará volver a cruzar ese linde entre los mundos en dirección contraria. ¿Para qué imaginarlo? Las risas y los gritos se apagan al cruzarlo. ¡Tres segundos de gloria! No ha sido un libro. No ha sido ninguna obra de arte. Pero en esos tres segundos, ese niño rubio, de ojos grandes y sonrisa mágica ha cruzado la línea más importante que puede cruzar un ser humano.
Pensemos: hoy se está hablando de arte efímero.
Con el tiempo, sobre todo si los daños colaterales no han sido de consideración, uno trata de imaginar qué pasó por su cabeza. Nunca lo conseguiremos, eso es lo maravilloso: creó su mundo.
Un ejemplo que quizá alguien trate de excusar en la explosión de la infancia.
Sí. He escrito una novela que al parecer ha gustado y ha transportado al lector a otro mundo. Qué hay de esa madre que por tercera vez en una semana trata de convencer a su familia de que aquellas no son las mismas patatas que comieron el día anterior y el otro. No, no son las mismas: éstas llevan acelgas y las de ayer... Las de ayer eran de otro mundo. ¡Créelo!
Y qué del padre que intenta convencer a su hijo de que aquellas deportivas son mil veces mejores que las que anuncian por la televisión y visten orgullosamente sus compañeros. ¡Hay que cruzar la línea! ¿Por qué asumir la derrota? Corren más. El niño las coge y les da la vuelta en sus manos. Estas zapatillas corren más. Las zapatillas llegan a correr solas. Su hijo las tantea como si se tratase de una mercancía al peso. ¡Estas corren solas! Marcan goles con más facilidad que las de la tele. ¡Lo prometo! Yo jugué con ellas cuando era un niño como tú y te aseguro que eran las mejores de todas. Y el padre va tirando de ese delicado y fino ronzal del amor para que su hijo cruce esa línea que le hará escapar del mundo en el que vive. ¿Lo conseguirá?
He escrito más de seiscientas páginas en las que he dejado volar mi imaginación para crear un mundo ficticio. Fácil.
Si esa madre de las patatas o ese padre de las deportivas tuvieran la facilidad, la oportunidad o quizá simplemente el tiempo para escribir cómo saltan de un mundo al otro, con toda seguridad superarían mi historia.
¿Y qué debe pasar por la mente de quienes arriesgan su vida cruzando el mar en embarcaciones precarias para escapar de la miseria?
Los vemos arribar a nuestras costas, enfermos, demacrados y hambrientos, algunos cadáveres ya. Estos últimos nunca alcanzarán su sueño; se quedaron en medio de los contrastes, en el linde de los dos mundos. En ellos visualizamos la injusticia, la pobreza extrema, el hambre, las enfermedades y la muerte, pero probablemente, aun sin literatura, aun sin obras de arte, no existan en el mundo seres que hayan cruzado con mayor ímpetu esa línea que separa el corazón y el cerebro, el instinto y la razón.
Sostuvo un gran maestro: "El arte ha ido despojándose de expresión, de formas. De arte. Lo que ve uno es un proceso de pérdida que acaba con la pintura. Si Poussin dijo que Caravaggio vino al mundo a destrozar la pintura porque llevó a los lienzos a los campesinos de manos sucias y las vírgenes eran mujeres del pueblo, yo digo que Marcel Duchamp, cuando llevó un orinal a una exposición, hizo lo mismo. Con ese gesto inventó el ready made y la pereza en el arte. Acabó con todo."
La pereza en el arte. La dejación de la única facultad del artista: la de transmitir lo que todos sentimos pero que algunos no son capaces, por las razones que sea, de exteriorizar, de ofrecer a los demás.
Arte efímero. Ya no es el huevo frito que vuela salpicando aceite por el comedor hasta estrellarse casi sin ruido y que sólo es visto por cinco personas. Es el desembarco de miles de hombres y mujeres con un sueño en sus mentes que pretenden transmitirnos, mostrarnos, reclamarnos incluso y que es contemplado, día tras día, por millones de personas: ¿arte? Soy escritor de una única novela. Muchos me preguntan si llegará una segunda. No lo sé. Confío que sí. Pero también ha habido una pregunta que se ha venido repitiendo con insistencia en las entrevistas a las que he tenido que someterme: ¿Cómo es posible que un abogado escriba una novela como la Catedral? ¿Por qué un abogado decidió escribir una novela?
Y, ¿por qué no? ¿Por qué puede parecer extraño que un abogado cruce esa línea? ¿O un médico, un taxista, una secretaria o un operario? Cualquiera. ¿Por qué es extraño? ¿Por qué razón puede extrañarse la sociedad de que un simple ciudadano escriba una novela, pinte, esculpa o componga?
No hace mucho, otro periodista se sorprendió cuando reconocí que me gusta ver la televisión, por las noches, cuando ceno con mi esposa, tras lograr acostar a nuestros hijos. Luego, en un asomo de sinceridad, me felicitó por reconocerlo. Nadie lo hace, me dijo. Pues sí, me gusta ver según qué series de televisión; también me gusta el fútbol - me confieso seguidor del Barça: Ronaldinho, Etoo, Messi... - y me gustan los toros. Me gusta Asterix, lo releo a menudo y me apasiona Mafalda.
Lo normal, aunque muchos sostendrían que más que normal, vulgar.
Cervantes simuló que el Quijote le fue narrado por un morisco llamado Cide Hamete. ¿Y si alguno de esos magrebíes que cruzan el estrecho nos contara su historia? ¿Dónde nació, sus problemas, su familia, sus penalidades? ¿Qué espera encontrar en la tierra prometida? ¿Qué hará con los escasos dineros que le paguen en un trabajo precario y probablemente ilegal? ¿Qué ilusiones tiene? En definitiva: ¿qué es lo que ve tras esa línea que separa sus dos mundos: el cercano y el lejano?
¿Quién sería el autor de esa tragedia?
La imaginación es vida. Sólo si dejamos correr por nuestras venas las fantasías, los deseos y los sueños seremos capaces de vivir. ¿Cómo si no, soportar ese mundo cercano?
Convenzámonos: la creatividad no es patrimonio de ningún selecto grupo de iluminados, de unos gurús tocados por la divinidad. La creatividad es condición humana y su exteriorización en cualquier forma literaria o artística, una simple habilidad capaz de ser adquirida.
La literatura y el arte no deberían ser un fin en sí mismos más que para su autor. Cierto que todas esas manifestaciones son capaces de transportar al lector o al espectador a otros mundos. Cómo negar el viaje a otra época o a otra civilización, siquiera a otras circunstancias por más cercanas que estén, que un buen libro puede lograr en su lector. Cómo negar el impacto emocional en el espectador de un buen cuadro o de un buen concierto.
Pero si para el autor la obra puede constituir un fin en sí misma, la culminación de su creación, no debería suceder lo mismo en el lector o en el espectador. Observemos la literatura y el arte que ya se nos ofrecen, como un medio, no como un fin. Disfrutemos con el autor, ciertamente. Viajemos a donde nos propone, imaginemos cuanto dibuja a través de su lenguaje, participemos en la trama, pero aprovechemos también esas obras, esos ejemplos, para desarrollar nuestra propia creatividad y no limitarnos exclusivamente a cruzar al mundo que se nos propone para volver, casi traumáticamente, a ese otro mundo real en el momento de cerrar el libro o abandonar el museo o el auditorio; propongamos nosotros también, todos, troquemos nuestros papeles de lectores o espectadores por el de protagonistas. Convirtámonos todos en artistas.
¿Pueden la literatura o el arte, como reza el tema de este año, destruir clichés o prejuicios? Sí. Y el primero de ellos es aquel que ha venido a establecer un abismo entre autor y lector, entre artista y espectador. Ese es el primer prejuicio que debería reventar en el mundo del arte.
No nos equivoquemos: no se trata de que cada uno de nosotros se convierta en un Miguel Ángel o en un Cervantes; el éxito y el reconocimiento público no son más que un accidente, placentero y satisfactorio, probablemente, pero no dejan de ser más que eso.
Vivimos en una sociedad que anula la individualidad. Todo es macrosocial. La comunidad ha logrado alzarse por encima de todos y cada uno de nosotros y sus intereses, los de la comunidad, son los que vienen a delimitar y a menudo coartar los intereses del individuo. El grupo es controlable; el individuo debe ceder ante una mayoría casi siempre tutelada. Eso lo saben los políticos y los dirigentes que no son políticos -bastante más peligrosos que los primeros - y todos juntos lo promocionan. ¡Incluso los antisistema están organizados en grupos! En definitiva un sistema que lucha contra otro. Hoy se ha robado al individuo hasta el derecho de manifestación, aquel que debería surgir espontáneamente del pueblo. Probablemente el último recurso de las gentes. Las manifestaciones de hoy en día siempre van encabezadas por políticos que desde una postura u otra se suman a los llamamientos y hacen suyas las exigencias, cuando no las convocan directamente. ¡El grupo está controlado!
Cada vez más el ciudadano reclama a la sociedad que le provea de bienestar: educación, sanidad, ayudas familiares, vivienda, trabajo, garantía en la vejez... No voy a juzgarlo. No me corresponde. Pero el precio es evidente: la colaboración y la sumisión a ese grupo al que se le exige.
Y la intimidad, la introspección, incluso la libertad necesarias para que el individuo, la persona, viaje a otros mundos creados por él mismo, van desapareciendo paulatinamente.
No permitamos que el arte y la literatura se conviertan también en un medio de control del individuo.
Roma. La primera vez que vine a Roma lo hice en coche. Mi esposa y yo alquilamos uno en Barcelona y viajamos hasta esta ciudad. Cuando en la agencia de alquiler les dijimos adónde nos dirigíamos, primero dudaron, supongo que en alquilarnos el vehículo, para luego advertirnos acerca de su tráfico: caótico. Tengan cuidado cuando conduzcan en Roma, nos aconsejó el joven que nos atendió. ¿Caótico? ¡Fantástico! La aplicación práctica de la anarquía. La anarquía más allá de tratados ininteligibles y utópicos. El individuo en forma de conductor reclamando su libertad de forma cuasi-unánimemente asumida por los demás individuos o conductores. Cono si el estado hubiera renunciado a sus facultades de orden público y hubiera dejado en manos de los conductores la recíproca vigilancia de sus intereses y de su seguridad.
Lo entendimos, al fin, cuando se nos cruzó una motoreta que debería habernos cedido el paso. Yo toqué el claxón, instintivamente, y el muchacho se extrañó y se volvió hacia nosotros sin dejar de seguir su camino. No nos dijo nada. No nos hizo ningún gesto obsceno. Su indiferencia fue suficiente explicación. ¡No había sucedido nada! Nosotros siquiera habíamos tenido que disminuir nuestra marcha y él, simplemente, había pasado. Lo pensamos durante unos instantes. Ya habíamos tenido que sortear vehículos que se detenían en doble fila con la más absoluta naturalidad, impidiendo un tráfico que fluyó por los costados sin problemas. Lo pensamos, y lo asumimos, y hasta disfrutamos. Luego nos costó acostumbrarnos al tráfico de una ordenada Barcelona.
Luchemos para que nuestros instintos nunca se reconcilien con nuestra razón, que nuestros corazones nunca se alíen con nuestros cerebros. No nos adormezcamos en el disfrute de las obras que se nos ofrecen, en el viaje o en la emoción propuesta por un tercero. Quizá sí que en esos momentos alguien pueda encontrar ese punto de unión... en el espejismo. Pero el individuo debe reclamar su protagonismo y sólo podrá hacerlo cuando deje en libertad su instinto y su corazón. Cuando permita - y se empeñe - en que su innata creatividad surja a la luz; cuándo él mismo cree esos mundos que pretende encontrar en las obras de los demás.
Un poema, un cuadro, un libro, una pieza de arcilla, una canción, un baile... una carta de amor o de recuerdo a aquel ser querido que marchó. El éxito debe ser personal y el reconocimiento íntimo. Es el ejercicio el que cuenta, el éxito radica en que el individuo se encuentre a sí mismo, bucee en su yo y no sólo permita, sino que trabaje para que sus fantasías, sus deseos y sus sentimientos se plasmen en otros mundos capaces de ser aprehendidos por terceros. El reencuentro con la intimidad.
Descubrirse a sí mismo, vivir desde el yo, no desde el grupo, recuperar la percepción de nosotros mismos, seres independientes, libres, creadores, ¡absolutos! ¡infinitos!
No importa la sociedad. No hay que buscar su reconocimiento público; si éste llega, mejor, pero no debe ser ese el objetivo. Sólo importa el individuo; desde él, desde su respeto es desde donde se podrá componer el grupo.
Más arriba he escrito que soy una persona normal, que veo la televisión. Tanto a mi esposa como a mí, nos gustan las series de entretenimiento, policíacas por ejemplo, que duran poco y que nos permiten dedicar un buen rato a la lectura antes de dar por finalizada la jornada.
Últimamente, no obstante, he hecho una excepción. Zapeando - admitamos ese término -, me encontré que la pantalla mostraba, toda ella, una muchacha joven llorando desconsoladamente. ¿De qué se trataba? ¿Un atentado? ¿Otro desastre natural? La imagen coincidía con el horario de cierre de las noticias de la noche. No. Simplemente le habían negado la posibilidad de acceso a "Operación Triunfo", un reality en el que se buscan promesas de la canción: artistas. Cada noche, después de las noticias, la cadena en cuestión, durante diez o quince minutos, retransmitía el casting de lo que debía ser el programa principal y yo, cada noche, alargué las noticias para ver a miles de jóvenes en fila, hoy en Barcelona, mañana en Madrid, pasado en Málaga... en amplios palacios de congresos y con grandes números de cartón sobre sus pechos, a la espera de que un jurado de unas cuantas personas los vaya diezmando hasta llegar al número pretendido para la academia - ¡la llaman academia! - , número que por cierto desconozco porque ahí ya decayó mi interés, pero que imagino no deberá superar la veintena o la treintena.
Confieso mi desazón, no por la burla y el escarnio que de algunos de aquellos jóvenes ilusionados llegaban a mostrar las imágenes, recreándose en sus carencias, sino por los llantos y el enfado de la mayoría al ser rechazados, como los de la chica que me enganchó. ¡Lo planteaban como el mayor fracaso de su vida! Dieciocho, veinte, veinticinco años. Ninguno de ellos se alzó por encima de la derrota asegurando que acudiría a una verdadera academia para aprender a cantar, que trabajaría, que sufriría, que se emplearía a fondo para lograr llegar a ese lejano y tan deseado mundo del artista. Tras un par o tres de programas ese fue mi único objetivo: poder escuchar de alguno de aquellos aspirantes a estrella que no cejaría en su empeño. Me perdí unos cuantos castings, por supuesto, pero en los que vi no encontré lo que buscaba.
Miles de jóvenes buscando el éxito rápido y la satisfacción inmediata para caer en un pozo sin fondo al ser rechazados.
Cuando recibí la invitación a este festival, leí que la intervención es por parte de prestigiosos autores extranjeros. Evidentemente, la carta no es más que un modelo en Word o cualquier otro programa de tratamiento de texto en el que se incluyó mi nombre; con todo, me siento honrado y agradezco la consideración.
La novela que me ha traído hasta aquí, La Catedral del Mar, fue publicada en España en marzo de 2.006. Un día 3 que recuerdo con cariño. Bien, en diciembre de ese mismo año, nueve meses después de su aparición, la editorial comunicó a los medios y a mí también, claro, que se había alcanzado la cifra de un millón de ejemplares efectivamente vendidos en España. Todo un éxito editorial sin precedentes en el sector. Las estadísticas, reconozco mi más absoluta ignorancia al respecto, sostienen que durante el año 2.006 La Catedral del Mar fue el libro más leído en España, desbancando al Código da Vinci que llevaba encumbrado en dicho puesto los dos años anteriores.
Es en diciembre de cada año, estamos acostumbrados a ello, cuando todos los medios de comunicación sin excepción, hacen un repaso de aquellos hechos más importantes que han sucedido durante el año. La literatura no es ajena a ese recuento. Bien, al tiempo que se publicaba la venta de un millón de ejemplares - dato objetivo donde los haya; lo de la lectura real insisto que no sé cómo lo controlan -, uno de los más importantes periódicos de España publicaba un artículo acerca de los mejores libros de ese año. Dieciocho críticos literarios de prestigio fueron llamados a listar las diez obras que, a su entender, debían gozar de tal privilegio. ¡Ciento ochenta elecciones!
Ninguna recayó en La Catedral del Mar.
Ciento ochenta posibilidades fallidas en una obra que había vendido un millón de ejemplares en nueve meses.
¿Dónde está el éxito?
Veamos el arte y la literatura pues, en sus más simples y sencillas expresiones: en las del enamorado que acompaña unas flores con cuatro palabras que quizá le haya costado horas unir para exteriorizar sus sentimientos como el deseaba. Aprovechemos las obras que se nos ofrecen, aquellas fruto del trabajo y no de la pereza, me atrevería a añadir, para aprender a desarrollar nuestra personalidad y encontrarnos como individuos. Ahí es donde el arte o la literatura pueden salvan vidas. Personalmente no me cabe duda alguna.
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